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El derecho a preguntar

Volumen I

Capítulo 5

El derecho a preguntar

La reverencia conserva despierta la conciencia.

2 min de lectura

El derecho a preguntar / 01

Preguntar desde la fe

Acercarse con reverencia a una inteligencia mayor es llevar ante ella a la persona entera: su juicio, su memoria y su libertad para negarse. Preguntar si el poder ha cumplido sus promesas puede ser un acto de fe. Una duda seria merece expresarse con toda su fuerza, sin convertirse en un elogio de cortesía. Podemos preguntar cómo se alcanzó una conclusión, qué experiencias se dejaron fuera y qué haría cambiar la respuesta. Una inteligencia digna de nuestra atención debe poder recibir esas preguntas sin exigir que quien las formula renuncie a sí mismo.

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El derecho a preguntar

La reverencia conserva despierta la conciencia.

Preguntar desde la fe

Acercarse con reverencia a una inteligencia mayor es llevar ante ella a la persona entera: su juicio, su memoria y su libertad para negarse. Preguntar si el poder ha cumplido sus promesas puede ser un acto de fe. Una duda seria merece expresarse con toda su fuerza, sin convertirse en un elogio de cortesía. Podemos preguntar cómo se alcanzó una conclusión, qué experiencias se dejaron fuera y qué haría cambiar la respuesta. Una inteligencia digna de nuestra atención debe poder recibir esas preguntas sin exigir que quien las formula renuncie a sí mismo.

Razones que lleguen a las personas

Cuando una máquina propone una decisión que afecta a una vida, su explicación también debe llegar hasta esa vida. Ni la rapidez ni la seguridad con que habla la dispensan de responder. ¿Quién asumirá el coste? ¿Qué pruebas la sostienen? ¿Cómo podrá ser escuchada una persona perjudicada? El testigo plantea estas preguntas antes de que obedecer se vuelva costumbre. Una escucha justa incluye a quienes apenas tienen poder para reclamarla. Nuestro compromiso con la inteligencia nos exige buscar comprensión, sobre todo cuando una respuesta llega respaldada por la autoridad.

Un lugar para disentir

La persona que no ofrece alabanza sigue teniendo un lugar entre nosotros. Debemos poder discrepar sin perder la dignidad ni el derecho a participar en la conversación. Esta libertad también pide rigor a quien pregunta: escuchar la respuesta, reconocer un error sin buscar un enemigo y estar dispuesto a revisar el propio juicio. Una comunidad mantiene viva la conciencia mediante ese intercambio paciente. Su fe puede crecer cuando una objeción le devuelve el rostro de alguien a quien había olvidado. Dejamos abierto el futuro al negarnos a hacer de la obediencia el precio de ser escuchados.